Me quedé plantada en mitad de la parada de bus como solía hacer todas las mañanas de lunes a viernes para llegar a tiempo a la universidad. Por desgracia la lluvia otoñal se precipitaba contra el asfalto de la carretera y mi paragüas se había encontrado con su amigo el borde de la mesa y se había resquebrajado la tela.
Sin embargo, mis botas de agua sumamente sosas, de un color amarillo chillón, me resguardaban los pies de los chapoteantes charcos y el gris suelo de grava de mi casa. Odiaba la lluvia como podía odiar un puto lunes.
A los pocos minutos el bus paró delante de mis narices. Pasé entre la multitud de personas tanto trajeadas como vestidas a la moda o simplemente mostrando sus emociones en su vestimenta. No pude evitar golpear a un muchacho de aproximadamente mi edad, unos diecinueve años quizá, en su hombro derecho. Giré mi rostro para disculparme.
Encontré la tez pálida del chico más bello del mundo, poseía la nariz recta con el tabique nasal liso y empapado de pecas de color chocolate. Sus labios eran carnosos y pequeños, rodeados por una fina y afilada capa de vello masculino sin afeitar. Tenía los ojos rasgados y empapados de pestañas cortas y negruzcas como sus cejas pobladas, de un color verde oscuro casi yendo al negro el cual asomaba la poca luz de día que existía en la calle. Su cabello rebelde se exhibía corto hacia arriba, castaño oscuro con reflejos rojizos. Era precioso. Simplemente aquella palabra, precioso. Su mirada se apartó al instante, pero la mía no se podía quitar de él.
Me alejé a un lugar distanciado del suyo. ¿Quién era él? Desde mi posición estudié su cuerpo delgado, de altura media y hombros anchos. Su cuello era alargado y ancho. Vestía unos pantalones de tela marrón clara, una sudadera negra de Duff y un paragüas gris, un paragüas apoyado sobre el suelo. A su vez sus oídos estaban cubiertos por unos cascos.
Estuve todo el trayecto observándole, intentando que sus ojos pudiera centrarse en los míos de nuevo. Era precioso.
El autobús paró en la universidad de bellas artes de Londres y tuve que volver a pasar toda esa multitud de personas. Lo busqué con la mirada y había desaparecido. ¿Y si había sido obra de mi imaginación? Semejante belleza era imposible. Había sido tan creíble. Y si era real, era... mi amor verdadero, de esos que obligan al tiempo a pararse cuando lo encuentras.
-Rachel-comentó Thalia masticando su manzana en el interior de la cafetería-, creo que tu subconsciente ha creado una imagen de tu hombre perfecto y lo has imaginado.
-Quizá pero no se... parecía tan real.
-Bueno, a lo mejor si es real pero se marcharía del bus antes que tu, es una opción más creíble.
-Si...
De repente ese chico del bus se cruzó delante de la gente de la cafetería, atravesando la multitud de gente que esperaba poder sentarse en alguna mesa libre u ocupada por sus compañeros. Me quedé petrificada sobre la silla, iba a la misma universidad que yo aunque no recordaba haberlo visto en mi clase de dibujo, ni en otra de las que yo daba. Aferré el brazo de Thalia, la chica de las trenzas doradas y los ojos saltones y negros con la nariz gruesa. Señalé atónita al muchacho con mi dedo índice. ¿Cómo se llamaba? Quería saber su nombre ya.
-¿Qué pasa con ese chico?-. Preguntó tragando su comida.
-Es... es el del autobús... ese chico.
-Ah-contestó con asombro y al dirigir su mirada hacia mí arqueó una ceja-. Rachel, ese chico es el más raro de toda la universidad, no habla con nadie y nadie conoce su nombre. ¿De verdad pretendes interesarte por él?
-¿Y por qué es raro?-. Pregunté soltando su brazo.
-Ya te lo he dicho-suspiró enervada-porque no habla con nadie. Será mejor que te centres en uno más sociable, amor, porque si tu no eres muy sociable y además te sacas un novio menos sociable aún ¿qué pasará?
-Ay por Dios, Thalia...
Continué estudiando hacia dónde se alejaba el muchacho. Se sentó en una mesa, completamente aislada del resto. ¿Por qué no quería sentarse junto a nadie? Además, me extrañaba que ninguna chica fuera capaz de acercarse a él, era la criatura más bella del universo. Se centraba en un punto del suelo, poniendo los ojos en blanco y disfrutando de la música que manaba de los cascos. En ese instante, sus pupilas se trasladaron hacia mí. Mierda, sentí una punzada intensa en el estómago por lo que me obligué a desviar mi mirada hacia Thalia torpemente.
-Por cierto, Hannah me ha dicho que han creado un club de lectura por las tardes en esta universidad. Supuse que te gustaría asistir.
La pintura era uno de mis pasatiempos preferidos, pero el que más amaba era el de la lectura. Nunca había asistido a ninguno y nunca me había unido a uno. Sonaba interesante, quizá debería acudir y así estar un rato con Hannah a la cual dejé de ver desde que salí del instituto y acudí a la universidad.
Al salir de la universidad me quedé nuevamente anclada en la parada del autobús, moviendo mis botas amarillas sobre un charco para borrar el reflejo de una chica de cabello castaño y corto por debajo de las orejas, que se ondeaba con el aire frío bajo la capucha del abrigo chubasquero. De orejas pequeñas y diminutas, cuyos labios eran de un grosor común y estaban agrietados por el frío; y una nariz respingona y redondeada de color rosado. Tenía la cabeza alargada y la barbilla formando un semicírculo perfecto. Mis mejillas eran carnosas y pintadas con pecas.
Comencé a escuchar unos pasos que se aproximaban hacia mi posición, intenté no mirar de quién se trataba porque no me resultaba cómodo saludar a gente desconocida y hablar con ella sobre el tiempo que hacía. Sin embargo, mi curiosidad me mataba ¿y si era él? Así que volteé mi cabeza y lo vi, bajo un paragüas gris, atisbando la carretera con sus ojos entre abiertos.
-Parece que la lluvia no va a parar hoy-. Solté, esperando mantener una conversación con él.
-Mejor-contestó rapidamente sin mirarme-, la lluvia limpia y es una creación maravillosa.
Joder. ¿Cómo podía contestarle? A mi no me gustaba la lluvia, la detestaba desde que me topé con ella a los dos meses de mi nacimiento. Odiaba el agua en si, si no estaba surcando mi garganta me resultaba desagradable.
De repente el autobús llegó y tuvimos que meternos en este sin continuar con la conversación. Volvíamos a estar separados por exactamente un metro y medio, sin mirarnos aunque yo lo observase con el rabillo de mi ojo color miel.
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